Domingo 17 de Diciembre | 05:24 hs

MARCO A. HIERRO
LA MÉXICO

Ponce cautiva el Embudo y El Payo saborea su toreo

El valenciano cortó las dos orejas del toro de regalo mientras el mexicano paseó una a base de ralentí; Joselito Adame resultó cogido por el quinto en tarde de poca suerte

MARCO A HIERRO / FOTOGALERÍA: la plaza mexico

Llegaba Enrique Ponce a la Monumental Plaza México en la tercera de la Temporada Grande 2017-2018, con el caballero Hernández Gárate por delante y con los dos gallos mexicanos, Joselito Adame y Octavio García 'El Payo' para dar la réplica a un maestro en el momento más maduro de su carrera. En chiqueros, un toro para rejones de El Vergel y dos lotes de tres astados de Teófilo Gómez y Barralva. Y una calurosa ovación para los tres alternates a pie fue el preludio del espectáculo.

Una única carta tenía Hernández Gárate en la corrida, y abrió su actuación con Bucéfalo para parar al toro de El Vergel con facilidad. Valladolid fue el tordo rodado que usó para correrle de costado al toro con cierto temple por momentos y con más seguridad en las carreras que a la hora de clavar. Tuvo mérito la actuación del caballero con un animal que quiso ponerse por delante por momentos, pero moviéndose siempre y siempre con celo. Menos seguro se mostró a lomos de Rafaelito, con el que pasó en falso en varias ocasiones, si bien logró violines muy vistosos. Cuando llegaron las cortas, montando a Quinto Pecado, ya estaba muy aplomado el de El Vergel, pero anduvo afanoso el mexicano, y bregador, brindando la muerte del toro a Enrique Ponce. No funcionó con rapidez, sin embargo, el acero, y el silencio valoró una actuación que mereció más.

El segundo, primero de Barralva en el festejo, era una pintura de hechuras y de esperanzas, pero saltó al callejón y quedó un rato atrapado en un burladero interior ante el disgusto de Enrique Ponce, su matador. No pareció, sin embargo, acusarlo una vez libre, puesto que humilló y embistió con ritmo en las cadenciosas y despaciosas verónicas que varió Ponce con chicuelinas de muy buen trazo, pero llegó a hacerlo en el quite posterior al caballo, perdiendo las manos en las verónicas suaves del valenciano. Lo brindó Enrique, a pesar de que su primera intención fue no hacerlo, pensando tal vez que terminaría acusando el golpe, y comprobó que la condición del animal era de supremo temple, de tremenda calidad, de sensacional ritmo, pero también de gran invalidez para ligar el toreo. Por eso se quedaron en detalles los muletazos de gran calidad que dejó el valenciano, con el morro del animal siempre cosido a su franela. Una estocada traserita precedió a la ovación para el de Chiva.

Al de Teófilo Gómez que salió tercero le faltó presencia. Y más comparado con el anterior de Barralva, pero se movió en el capote tras el recibo en la puerta de chiqueros, que allí se fue Joselito Adame a saludarlo con una larga cambiada y chicuelinas en lugar de verónicas. Ni para un análisis dio el picotazo en varas. pero ni así logró el mexicno que se mantuviese en pie por un tiempo prudencial el animal. Tuvo asiento y poso el toreo de mano diestra de José, despatarrado a partir de la tercera serie, pero muy largo y con el ritmo preciso del toro, su mayor virtud. Fue fabricando el toreo de cercanías al ver que no era posible mantener el de largura, y con seguridad lo practicó después con el noble astado. Faena larga, tal vez con más impresión de urgencia que de ambición en el torero mexicano, que con un sombrero de charro se tiró a matar para cobrar una estocada casi entera y tendida. Tuvo que descabellar, marró un par de intentos y en silencio quedó su labor.

También el cuarto, con el hierro de Barralva, saltó al callejón por el mismo sitio que su hermano de camada, muy parecido en lo físico, además, a este primero de El Payo. Tuvo el mexicano la virtud de bregarlo muy bien tras el golpazo del salto, aunque se le tapó descués la salida en el penco mientras el toro recargaba. El Payo fue silenciado tras dos avisos frente a un animal que no humilló nada conforme avanaba la lidia. Octavio García fue domeñando sin éxito la condición de un astado que pegaba cabezazos y que no ofrecía confianza para realizar el toreo relajado. 

Tenía ganas La México de ver a Ponce cuando llegó el quinto acto, pero la intención del valenciano quedó en mejor embroque que cadencia, porque le faltó ritmo y entrega al de Teófilo Gómez. Así se comportó en la muleta, donde se arrancó sin afán ni empleo hasta que le cogió el aire Enrique, le dejó la sarga a dos dedos del morro y lo enceló de forma que no se notase tanto la falta de raza del bovino, que no tenía ninguna. Tontorrón y dócil, se dejó engañar el animal con la cara tapada por la muleta que mejor sabe hacerlo del toreo. Estétito, ralentizado, compuesto Ponce para perseguir el premio, pero sobre todo encaderado y erguido para poner siempre la muleta en el lugar exacto para que caminase o parase el de Teófilo. Magistral. Poncinas en el final, con el toro ya protestando en los toques, y una estocada tendida y trasera casi sin colocar por lo complicado que estaba ya el animal después de la larga faena. Se amorcilló el toro, sin embargo, tuvo que descabellar y al marrar tuvo que conformarse con una vuelta al ruedo.

Por delantales salió a saludar Joselito Adame al sexto, que se fue detrás del trapo pero no fue tonto a la hora de tomarlo. Buen toro el de Barralva, que humillaba cada vez que se iba detrás de los trapos. Le pidió el público que pusiese banderillas y no se lo pensó mucho el de Aguascalientes. Pero al colocar el primer ar sufrió un tropiezo y quedó a los pies del toro, que lo zarandeó dramáticamente y le propinó varios varetazos. Se mantuvo en el ruedo Joselito para colocar los pares con pureza, pero también para sacar la dignidad y el sentido con un animal que no terminó de servir para la lidia. Escuchó palmas a la voluntad antes de pasar a la enfermería.

Fue brillante el saludo de El Payo al mortecino séptimo, que llegó dormilón y cansino al trapo para que le dletrease el mexicano el toreo. Se recreó el rubio torero en las verónicas que cinceló en el quite, rematado con dos medias verónicas sin prisa, macizas. Fulgurante fue el inicio de El Payo, con péndulos, arrucinas, uno de pecho larguísimo y un desdén descomunal. Enorme el inicio de Octavio, que aprovechó cabalmente la calidad y humillación en la embestida del de Teófilo Gómez, que tuvo prontitud y nobleza. Buscó el gusto el queretano, transmutado y artista, espontáneo para dejar que fluyese el toreo, pero siempre con el trapo dispuesto para dominar la embestida de un toro que nunca fue fácil por esa tendencia a llegar adormilado y haciéndose el alipendi. Muy serio Octavio en todo y muy valeroso en el final, cuando ya protestaba el animal que le anduvieran por delante. Lo pinchó El Payo, y allí perdió el premio doble, pero aún le cortó una oreja.

Quedaba el añadido, porque fue la propia plaza la que solicitó ruidosamente a Enrique Ponce que regalase un toro y no le quedó más remedio al valenciano que hacerlo. Con el hierro de Teófilo Gómez saltó el de regalo al ruedo de Insurgentes, un salinero con remate y con cuajo que embistió con la cara muy suelta en el capote de Enrique, donde le faltaron ritmo y fijeza. Mucha suavidad la de Ponce, que supo sacar y mantener la virtud de la repetición del salinero para componer los trazos rítmicos y bien engarzados, armonizando más que cuajando la estética y también poderosa faena a Vivaracho. Preciso como un reloj suizo en los cites, perfecto en los trazos, sin desfallecer en el dibujo del muletazo. Se dio la comunión bien amalgamada entre el tendido y el torero, que dominó el escenario y el material bovino que tenía delante hasta hacer de La México un auténtico manicomio, entregada al concepto magistral del valenciano. Pero cayó muy baja la estocada, un borrón en la gran obra que dejó el premio en dos orejas.

FICHA DEL FESTEJO

Monumental Plaza México. Tercera de la Temporada Grande. Casi lleno el numerado.

Un toro para rejones de El Vergel, primero. Cuatro toros de Teófilo Gómez (tercero, quinto, séptimo y octavo) y tres de Barralva (segundo, cuarto y sexto). Con movilidad y buen tranco el primero; de gran calidad, clase y ritmo el lastimado segundo; de gran ritmo y entrega el feble tercero; deslucido el cuarto; dócil y pasador el tontorrón quinto; sin duración ni clase el sexto; enclasado pero con la raza justa el dulce séptimo; humillado y con ritmo el despacioso octavo de regalo, premiado con arrastre lento.

El rejoneador Jorge Hernández Gárate: silencio. 

Enrique Ponce (marfil y oro): ovación, vuelta y dos orejas.

Joselito Adame (azul rey y oro): silencio y palmas.

El Payo (nazareno y oro): silencio tras dos avisos y oreja.

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