Martes 25 de Julio | 15:55 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

La memoria de los peces

David Mora borra su accidente con una oreja con una corrida a media de Parladé con la que un liviano Curro Díaz y un impotente Fandiño escuchan silencios

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La memoria de los peces

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ-OLMEDO

Dicen que los peces no tienen memoria. Dicen que son apenas tres los segundos que dura una imagen en el recuerdo de un pez. Esos hubieran bastado para sacar la foto de los momentos que tuvo una tarde de contrastes que confirmó casi todas las impresiones que habían quedado de esta feria. Pero, sobre todo, que la memoria de Las Ventas es como la de los peces. Para lo que quiere...

Lo fue -por fortuna- para no hacerle pagar a David Mora el accidente del pasado día 13 y abrirle los brazos sin rencor desde que abrió él los suyos para soplarle cinco verónicas, media y larga al encendido tercero que se le fue como un tren al percal mientras se metía David en harina. Y, ya metido, le aplaudió Madrid sin empacho las gaoneras de ajustado compromiso con las que avisó el de Borox de que hoy regresaba su mejor versión. Pero ni siquiera los peces sabrán olvidar el inicio entregado en el centro del platillo, después de dejar la montera en las manos del emérito y descargar el cuerpo de nada que no fuera pura entrega. 

Porque fue la entrega de David lo que recordarán todos -peces incluidos- en una tarde donde su verde y oro volvió a echar raíces en la calle de Alcalá. Por la espalda y muy cerca con el que abrió su lote; en verónica templada y de cadera entregada, pata palante y terreno ganado en el inicio al sexto. Ese tenía sólo tres series antes de quedarse hueco y pensar en defender, pero la transmisión que le dejó en ellas -exenta de calidad- le bastó a David para asentar las plantas, girar talón y obligar al castaño a embestir y embestir sin que le perdiese pasos. Era el torero tan dueño del escenario que nadie le protestó ni media cuando se fue a por la espada para aliviarle el vacío. Y el espadazo fue monumental. Tanto que se acordará de él incluso la memoria de los peces, que ya ha olvidado el trance con el que el sábado se le vio partir. Hoy paseaba David una oreja que le dice que aún conserva el cariño de Madrid. Y por muchos años más, mientras le quede memoria.

Porque no le queda mucha con ese torero de garra y pundonor que atiende al nombre de Iván Fandiño. Ya guardó Madrid en el cajón su acreditación de consentido, su consideración hacia él y hasta la justicia que debe reinar en la valoración de una faena, pero eso no sólo pasa con Iván. Al vasco le tocó hoy bailar con el burriciego quinto y su venirse hacia el pecho, con su topar en línea recta, su cabecear para palpar objetivos y su lógica imprevisiblidad al comportarse ante el trapo. Le hacía gestos Fandiño al palco del presidente indicando en banderillas su defecto de visión, pero sería muy extraño que un palco restara criterio a la pila de veterinarios que deciden el trapío pero no son capaces de impedir que un toro burriciego salte al primer ruedo del orbe. Cosas veredes, que diría el otro. Lo importante es recordarlo para que no suceda otra vez. Pero, ¡ay, la memoria de los peces!

De esa no gasta el tendido cuando rememora el toreo de trazo corto y alma grande de Curro Díaz, el Díaz de la puerta grande en marzo del año anterior. A ese le consienten todo porque sabe cómo llegar a Madrid, y es gran virtud la contada. Porque le sirve para redimirse -como lo hizo David Mora- apenas con tres muletazos casi propuestos del revés. Porque sólo cuando abrió los vuelos del percal, le plantó las manos al frente, abrió a medias el compás y quiso derramarse a la verónica atisbó esta plaza la calidad de este torero. Lo demás fue porfía entregada, esperanzas infundadas y un brindis al anillo entero para volver a ganarse su favor. No parece muy boyante lo entregado a cambio de entrega. Y no hay más tardes para generar recuerdos en un esportón que se lleva de esta feria casi lo mismo que trajo.

Y así se recordará la historia de la séptima de feria, que sirvió para olvidar pronto la corrida de Parladé, que no tuvo a penas que ver con la que lidió hace dos años y el tendido tiene el defecto de memorizar como un pez. Y hoy, en honor a la verdad, a mí me hubiese hecho falta.

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Octava de San Isidro. Corrida de toros. 19.656 espectadores. 

Cinco toros de Parladé, muy justos de presencia, alguno por debajo de lo exigible, y dos, cuarto y quinto, de El Montecillo, con cuajo y remate. Gazapón y defensivo un primero sin raza que fue pitado; devuelto por inválido el segundo; de gran calidad sin poder el feble segundo bis; descompuesto y sin raza el informal tercero, de mentirosa humillación; humillado y repetidor de cara suelta el burraco cuarto; manso con mucho peligro por burriciego el quinto; emotivo y con transmisión hasta que se desfondó pronto el sexto.

Curro Díaz (palo de rosa y oro): silencio y silencio. 

Iván Fandiño (lila y oro): silencio y silencio. 

David Mora (manzana y oro): ovación y oreja. 

Saludó Ángel Otero tras banderillear al sexto con mucha exposición y brillantez.

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