Jueves 27 de Julio | 03:51 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE SAN ISIDRO

El toro de las doce

Ovaciones para Padilla y Fandiño en una corrida de Parladé con mucha carne y poco fondo en la que Garrido expuso sin recompensa con el exigente tercero.

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El toro de las doce

MARCO A. HIERRO / FOTOGALERÍA: LUIS SÁNCHEZ OLMEDO

Madrid tiene un serio problema que, por extremo en su complicación, parece casi irresoluble. Lo es a pesar del milagro ganadero que supone que embistan tantos toros en Las Ventas –y embisten aunque los custodios de la fe y su exigencia mal resuelta confundan la velocidad con el tocino en más ocasiones de las que recomienda su defensa de laverdá-.Madrid tiene un problema, y es el toro de las doce.

A las doce de la mañana tiene que estar enlotado un encierro del gusto de los veterinarios, que se supone que conocen el toro que exige Madrid. Eso no supondría un problema si el criterio para aprobarlo resultase más uniforme, porque nada tuvo que ver el desfile de bufalotes manialtos de hoy con los zambombos sin cara de ayer o la escalera de saldos cogidos por los pelos que echó Juan Pedro cuando lidió la anterior con el nombre de su padre. No tendría que afectar al espectáculo el criterio de laautoridá, pero afecta. Porque el ganadero piensa, al escoger, en el toro de las doce, y no en el de las siete, y el que pierde es el que luego grita desde el tendido porque no puede el buey con el fardo artificial.

Para Madrid vale todo, siempre que sea grande y tenga los pitones cornivueltos. Y con los pitones cornivueltos, ni grande tiene que ser.Pero cuando se habla de tipo, de armonía, de reunión y de belleza en el astado traduce el pagano como toro chico, teme la empresa al pañuelo verde y los veterinarios a que los linchen por inoperantes, porque se busca a las doce el toro que no servirá a las siete. O no debería servir, porque está hecho contra natura. Como el encierro de hoy, a pesar de sus virtudes.

Y digo a pesar de ellas porque se toparon con la única ley que siempre se cumple en la tierra: la de la gravedad. Los 640 kilos del primero, con pinta delimusín; los 615 del tercero, con la amplia badana a una cuarta del suelo; los 649 del abueyado quinto, que luego embistió con clase; y los seis quintales y poco del vareado sexto fueron maná del cielo para los carniceros, pero hicieron que sucumbiesen todos a la fuerza de la gravedad. Porque parece que anda uno mejor cuando no tiene mochila, le es más fácil entregarse cuando no se le suben a cuestas y aguanta más el esfuerzo cuando anda más liviano. Sentido común para el toro de las siete, que ve cómo, en Madrid, le brea el lomo el de las doce. Pero lo demás es mentira, según los custodios de la fe.

A todo esto, no sé qué opinará Padilla, que vio cerca, muy cerca los pitones del primero en un feo volteretón en banderillas, y sintió hasta su peso cuando estaba entre las patas en momentos dramáticos que no fueron a peor. Ese le aguantó un poco más porque sabe el Ciclón dejar en medias alturas las faltas de fondos y razas para dar de merendar al esportón. Para todo hay que valer, aunque se le aplomase el burraco cuarto y le dejase con las ganas de aprovechar su gran condición.

La tuvo también el quinto, que le llegó a Iván Fandiño como árnica para el chichón. Y le pegó lances buenos al buey Apis redivivo que salía del chiquero, y le ganó el paso adelante y hasta se vino arriba en un inicio de ritmo y ligazón. Pero no da con la tecla el vasco de la comunicación con el tendido, y es mala cosa lo dicho cuando no se escucha al toro. Los seis quintales y medio se le fueron tras el trapo, pero no encontró la forma de traducirlo en carbón.

Carbón tuvo en la salida el sexto para que le soplase Garrido verónicas de riñón al frente y muñeca lacia, ero se le acabó la vida antes de servirle a José. Al contrario que al tercero, que le sacó una foto virtual en el inicio de muleta y ya no se olvidó nunca de dónde brillaba el terno. Un esfuerzo hizo Garrido con la reserva del toro, con su vicio de mirar, con su continua advertencia de hule superada por José.

Un esfuerzo que no vieron los custodios de la fe, los que piden toro grande y no atienden a razones, los que denuncian la mentira en favor de la utopía porque no sé quién les contó que esto se hacía al revés. Pero el toro de las doce es el que importa en Madrid. Aunque se pague por el de las siete. 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas. Feria de San Isidro, vigésima de abono. Corrida de toros. Casi lleno en los tendidos.

Seis toros de Parladé, con mucha carne, longitud y alzada. De nobleza y recorrido y fondos escasos el primero; sin raza ni gracia ni espíritu el defensivo segundo; medidor, reservón y exigente el tercero; de mucha entrega y poco fondo el aplomado cuarto; humillado y con transmisión y entrega el buen quinto; con codicia y empleo a menos el negro sexto.

Juan José Padilla (sangre de toro y oro): ovación tras aviso y ovación.

Iván Fandiño (verde menta y oro): silencio tras aviso y ovación. 

José Garrido (canela y oro): silencio tras aviso y silencio tras aviso. 

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