Domingo 17 de Diciembre | 18:48 hs

TÓPICOS NO

Una faena a medias

El reencuentro de un torero y su esposa al llegar al hotel

Una faena a medias

Patricia lleva casi sin comer una semana. Ella procura que no se le note. Manuel tiene que estar tranquilo. Él es el héroe, pero a ella le toca ser más fuerte. Se arregla, tacón arriba y pestaña abajo, y se agarra a la barra de labios para ponerle color a una cara de la que se enseñorea el blanco a medida que pasan las horas para la corrida. Esta tarde no va a la plaza. Madrid es mucho Madrid. Se queda en la habitación con su madre, dos amigas y dos bebés. Uno de ellos, hijo de Juan, que también torea esta tarde con Manuel. Entre biberones, gritos, juegos y Dalsy pasarán la tarde.

A ratos ve la corrida. Le mandan mensajes al móvil. "Qué guapo sale Manuel". Eso ya lo sabe ella. Lo que quiere que le digan es que ha cortado las orejas. Bueno, no. Lo primero que quiere que le digan es que no le ha pasado nada. Que con la leña de esos dos toros ya solo queda hacer fuego, pero que él no se ha quemado. Pero no. "Qué guapo sale Manuel". Y así dos horas y pico.

Cuando empieza a caer la noche y ya ha sabido que ha estado a punto de cortar una oreja, que ese toro que en principio iba a las calles pero que le ha tocado lidiar a su marido en la primera plaza del mundo ha embestido y que Manuel lo ha matado por derecho, que se las ha apañado para encunarse entre los pitones y dejar la espada en lo alto, pero que el toro se ha tragado la muerte, manseando, recorriendo las tablas en busca de una salida que no va a encontrar pero por la que se le escapa esa oreja que puede dar de comer aunque no sirva para echarla al cocido, entonces llega la furgoneta.

Baja el torero, sube la escalera del hotel y entra en el hall el hombre. Y todas esas mujeres que le han estado sufriendo empiezan a aplaudirle y solo se oye "torero, torero" y él busca el abrazo de cada una, coge en brazos a su sobrino, lo besa y sí, ya sí les sube a ellas el color a las caras blancas. Y Patricia se queda a un lado y el torero, que ya es hombre, disfruta de su pequeño cachito de gloria y la busca. Y ella lo besa, con los labios y con los ojos, y con un gesto, con un simple gesto, le saca a hombros por la puerta grande de la paciencia.

Horas después las crónicas hablarán de él, pero ambos saben que esta faena la han hecho a medias.

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