Jueves 19 de Enero | 21:08 hs

CRÓNICA DE SAN ISIDRO

Un novillero ha pisado el ruedo

Sebastián Ritter dejó huella en Madrid por su valor

Un novillero ha pisado el ruedo

Para ser torero hay que tener muchas cualidades, no sólo el conocimiento, la preparación física, técnica o sicológica son vitales para conseguir, con suerte, ser un matador de toros. Ya no digo nada de ser figura. Pero para ser torero primero hay que ser novillero, hay que querer llegar lejos y demostrarlo. Hay que querer morirse en cada novillo, darlo todo con la única posible recompensa de que, quien te ha visto, te quiera volver a ver. Esta tarde un novillero ha pisado el ruedo de Madrid. Viene de Colombia y tiene apellido alemán, Sebastián Ritter llegó tapado, pues de su rodaje por los pueblos poco se comentó. Apenas una puntual aparición en Albacete el año pasado, con poca suerte, y una tímida parición en la feria de Sevilla era su bagaje en plazas de categoría. Pero hoy, gracias a su valor, ha conseguido que los ojos del mundo taurino le miren a él.

Ya había logrado llamar la atención con un quite por gaoneras en el segundo, apenas se estaba terminando de poner el capote por la espalda, cuando el novillo se arrancó pronto sorprendiéndole. No se inmutó, con el animal ya en carrera, esperó a que el capote estuviera en su lugar para sacar el brazo y correrlo con temple, ritmo y seguridad, así hasta en cuatro ocasiones, cada una de ellas más ceñida que la anterior, y la larga tuvo majestad. Esa fue su tarjeta de presentación y declaración de intenciones. Ya con el tercero, las verónicas fueron mecidas, lentas y suaves, mostrando a un torero seguro y reposado. La poca fuerza del novillo significó un problema para el colombiano, pues, aunque era noble y obedecía a los toques, también acudía al cite con algo de agresividad, por lo que no se le podía tocar fuerte, ya que se iba al suelo, y Ritter no halló la suavidad necesaria para engancharle adelante y que en el trayecto el utrero no le tocara la muleta. Por eso, aunque se colocó siempre bien y su propuesta fue válida, las ejecuciones fueron deslucidas y aquello no tomó vuelo. Lo importante vino en el sexto, un novillo que ya en el capote se fue parando poco a poco. Otra vez la tersura del percal en las verónicas y la media, fueron la rúbrica que confirmaba el gusto del colombiano. Pero sólo eso duró el de Carmen Segovia, que tras su pelea con el caballo se paró. Sin embargo, el colombiano no vino a Madrid de paso, vino porque quiere hacerse torero y así lo demostró. Por eso en cuanto tomó la muleta intentó pasarlo desde la cercanía, pero la negativa del novillo le obligó a meterse entre los pitones de forma realmente temeraria. Aun así, su semblante era el mismo, desprendía serenidad y una decisión a prueba de bombas. Tanto, que el novillo se acobardó y cuando tenía delante los muslos de Ritter, prefería retroceder y acularse en tablas, pero hasta allá fue el novillero, dejando siempre una huella profunda en la arena, porque se asentó en sus riñones, sin aspavientos, para provocar golpeando con sus muslos los pitones del novillo las cortas y descompuestas arrancadas. De haber metido la espada en el primer intento, la petición de oreja hubiera sido unánime. Así se viene a Madrid. Una anécdota, tan concentrado estaba, que cuando buscó a su padre en la barrera para brindar, se olvidó de pedir permiso al presidente. La plaza se lo recordó, volvió, hizo el gesto i siguió su camino sonriendo.

Tomás Campos ya era un conocido de Madrid y en sus actuaciones anteriores había dejado un buen ambiente. Hoy no tuvo suerte. Los partes facultativos de sus muletas no son halagadores, pues las cornadas que recibieron fueron múltiples. Pero no fue culpa del novillero, que estuvo correcto y propuesto dos buenas lidias, las únicas que tenían los mansos. El primero protestó todo el tiempo y sólo al final, regaló algunas arrancadas dignas de llamar embestidas, pero surgían una a una, con una perfecta colocación del novillero y su muleta, lo que tomaba su tiempo, mucha insistencia y desconectaba cualquier atisbo de emoción. El cuarto se defendió. Se fue a chiqueros, esperó el momento oportuno y arreó con violencia una y otra vez, para pararse o irse suelto. Campos lo intentó sin perder nunca los papeles y sabiéndose superior, pero de tan sobrado, pudo parecer conformista.

Quien sí que tuvo un lote para dejar huella fue Curro de la Casa. Sus dos novillos tuvieron nobleza, calidad y movilidad. El alcarreño quiso torear con empaque y consiguió algunas series ligadas y jaleadas tímidamente por el público, pues es cierto que faltó gobierno. Por eso algunas veces sus dos novillos se colaron y descompusieron el cuadro que quiso pintar Curro. Eso fue lo único que pidieron sus dos novillos: autoridad. Se entiende que en estos toreros el oficio es algo de lo que no andan sobrados, pero se extrañó una actitud más comprometida con dos animales que llevaban premio en sus embestidas y eso es algo que no pasa muy a menudo en una plaza como la de Madrid.

No es que los tres novillero no hayan querido triunfar hoy, por supuesto que sí, incluso no perdonaron ni un solo quite para intervenir, pero hoy uno de los tres pisó con más firmeza que los demás. Hoy el colombiano valoró su paso por Madrid como si fuera su última posibilidad en el mundo para convertirse en torero, y eso se notó. Por eso su huella es tan profunda.

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Las Ventas, feria de San Isidro. Decimonovena de abono. Tres cuartos de plaza en tarde agradable y ruedo enfangado por la fuerte lluvia previa al festejo. Novillos de Carmen Segovia, correctos de presencia. Manso y descompuesto el primero; con movilidad y calidad el segundo; noble y sin fuerza el tercero; manso parado y que embistió por arreones el cuarto; noble y repetidor el quinto; y parado el sexto.

Tomás Campos (ciruela y oro): Silencio tras aviso y silencio.

Curro de la Casa (tabaco y oro): Palmas tras aviso y silencio tras aviso.

Sebastián Ritter (celeste y oro): Silencio y ovación tras aviso.

Curro de la Casa y Sebastián Ritter se presentaron con "Charrito", nº 8, negro de 460 kgs. y "Protestón", nº 17, negro de 457 kgs., respectivamente.

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