Miércoles 22 de Noviembre | 15:21 hs

Las lágrimas de un grande

Las lágrimas de un grande

Acababa de caer el cuarto de la tarde, un serio toro de nombre "Clavel", el último de João Moura en esta plaza de toros y el patriarca de esta dinastía de rejoneadores portugueses no pudo contener las lágrimas. Su decepción era evidente. Los golpes con la espada de descabellar en sus botas, ese taparse la cara con la muleta y todos sus gestos evidenciaban una frustración que no tendrá fácil redención. Esa no era la manera de irse de Madrid de un grande y mucho menos cuando pocos aficionados cayeron en la cuenta de este hecho. Algunos, los que conocían la importancia de lo que este caballero lusitano ha conseguido en este mismo ruedo y en los más importantes del mundo, y que intuían el sentimiento que podía estar experimentando João en ese mismo instante guardaron un respetuoso silencio. Otros, simplemente pitaron su mala suerte con el rejón de muerte, calificando con frialdad su última actuación. No es que no es tuvieran en su derecho, que lo estaban, pero hay momentos en los que la trayectoria de un hombre merece, al menos, una indulgencia de cortesía.

Quiero pensar que la juventud que habitaba los tendidos es una afición que apenas está entrando en contacto con el mundo de los toros y por eso ignoraba el hecho de que un grande se despedía de Madrid, dejando como legado una nueva promesa del toreo a caballo como lo es su hijo Miguel, a quien entregó el rejón convirtiéndole en caballero de alternativa con 17 años de edad. Uno más de los que tenía el "Niño Moura" cuando revolucionó a Madrid en 1976 a lomos de "Ferrolho". Ese binomio fue el culpable de que se acuñara el término "torear a caballo" para hablar de rejoneo, pues el portugués, más allá de pasar y clavar, se esmeraba en la preparación de las suertes y prolongó las embestidas de los toros con un lento y templado galope de costado. Tanto fue el alboroto conseguido por João sobre "Ferrolho", que para describir sus faenas se comenzaron a utilizar términos de uso casi exclusivo del toreo a pie, como temple y verdad a la hora de conducir las embestidas del toro. Y sus triunfos se han extendido durante más de treinta años en este y mucho otros ruedos. Por eso entiendo las lágrimas del "Niño Moura" al rodar el cuarto. Esa no era la forma de irse de Madrid. Las Ventas tuvo que haberle despedido como uno de los grandes, él lo merecía. ¡Hay si ese rejón hubiese entrado...! Eso habrá pensado hoy y tantas veces que esa última suerte le robó puertas grandes, orejas y trocitos de gloria...

Pero hoy era distinto, no era por la gloria, era por dignidad, por amor propio, por salir de la plaza que le hizo grande como lo que es, un grande, entre la ovación y el respeto de un público que le ensalzó y siempre le tuvo en una gran consideración.

Desde esta columna vaya mi respeto y admiración a uno de los grandes del rejoneo.

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