Miércoles 22 de Noviembre | 00:17 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE SANTANDER

Volarán gaviotas

El Juli abre la puerta grande a base de capacidad y a Perera no le sacan pañuelos para premiar la que hasta el momento es la faena de la feria; desangelado y sin suerte Roca Rey en su reaparición

TEXTO Y FOTOS: MARCO A. HIERRO

 

Volarán gaviotas sobre la arena color caldera de Santander, como hacen cada tarde al bostezar el sol. Volarán como si no hubiese ocurrido nada en Cuatro Caminos o como si la gloria más maravillosa se hubiese adueñado del ruedo. Volarán porque es su naturaleza. Pero ellas, que conocen este ruedo mejor que los 9.000 que hoy ocultaban la madera del tendido, seguirán sin entender qué ocurrió en ese segundo para que no se blanquease la grada pidiendo pelo para el toreo. Ellas volarán de nuevo mañana, pero seguirán preguntándose, como lo hago yo, qué ocurrió para que Santander no premiase la que hasta ahora es la faena de la armonía perfecta. Perera, a esta hora, supongo que también cavilará.

Porque es normal que se le pidan los premios a la insultante capacidad de Juli, a la tiranía soberbia que impone la tierra a los belfos, que esclaviza las voluntades a tomar el trapo, ya sea en muletazos excelsos –como en el primero- o en golpes de látigo castigador, como le hizo al díscolo cuarto. Juli es poder, es conocimiento, es confianza y es superación. Y es una ambición que pocas veces se ha visto en una plaza de toros. Ni siquiera las gaviotas, que hoy sobrevolaron el ruedo cuando le pedía el tendido que finiquitase al cuarto.

Ya tenía una oreja en la espuerta de someter por abajo y a su ley al buen primero, humillador, obediente y noble, que le tomó el trapo con chispa para que brillase más. Ya tenía el premio y el cariño de Santander. Pero tiene tanta ambición la raza sin límite de Julián que tenía que probarse y probar que no era ese cuarto el que le fuese a ganar la pelea. Por eso le dio línea recta, trapo al morro, latigazos castigadores que se iban por fuera para volver adentro. Y el animal corriendo detrás cual avispa tras la flor, gastando su genio, su brío y su correosa actitud mientras iba ganando Juli la pelea en esta lid. A la puerta de cuadrillas fue a terminar Julián, doblándose con el torete, pegando rodillazos para no dejarse nada, blandiendo el cuchillo que conserva entre los dientes para cuando llega la ocasión. Otra oreja. Puerta grande. Volarán gaviotas, pero no verán nunca a Julián entregando la cuchara.

Ni se explicarán, dicho está, qué ocurrió en ese segundo para que no flameasen los moqueros de Santander. Porque a ese le sopló Perera una docena de verónicas, una media, una larga, media de saltilleras, una tafallera, una revolera y como seguía embistiendo, cuatro brionesas para rematar la obra. Volarán gaviotas, ya lo creo que volarán, pero no verán más asiento ni más verdad que a ese Perera enterrado en el centro del platillo, pasándose al toro por delante y por detrás hasta dejarle un cambio de mano que anunciaba su revolución. Tremendo. Porque la propuesta de Miguel no parte de la guerra ni de la crispación, sino de la magnífica suavidad que supura en las muñecas, del pulso ralentizado que le late para torear y de la poderosa quietud que hace que le bailen los toros siempre alrededor. Es el trapo el que dirije, pero el alma la que gobierna. Por eso cuando se entregaba a la muerte el buen toro de Garcigrande estaba ya exprimido a fuerza de torear. Y se llevó una estocada, pero no hubo pañuelos. Ni las gaviotas comprenden lo que Santander encierra.

Sí los hubo con el quinto, donde salió arreado el extremeño para ponderar su toreo, pero no fue igual el toro de Justo, que humilló poco, lo que le dejaba su altura anormal para el resto de la corrida. Embistió con cierto ritmo, con cierta gracia sin clase, con cierta voluntad de servir, pero no fue lo mismo. Ni lo fue –siendo sensacional- la obra de Miguel Ángel, que al menos paseó una oreja en tarde de pasear tres. Mañana, cuando vuelen las gaviotas, tal vez se regunten por qué.

Como se preguntará Roca Rey dónde está su fondo, su actitud y su suerte. El lote más deslucido cayó hoy en su poder, y por mucho que vuelen no encontrarán las gaviotas una tarde más desangelada y sin suerte del que reaparecía hoy.

Pero será bueno que vuelen y que recuerden lo visto. Porque eso querá decir que al menos siguen viendo toros.

 

 

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Cuatro Caminos, Santander. Quinta de feria. Corrida de toros. Lleno.

Cuatro toros de Garcigrande y dos de Domingo Hernández (cuarto y sexto). De buena calidad y fondo, justo en la fuerza el primero; de gran clase con su chispa siempre el buen segundo; con movilidad áspera y sin ritmo el exigente tercero; correoso y díscolo el geniudo y complicado cuarto; obediente y con duración el quinto; violento y remiso el deslucido sexto.   

El Juli (caldera y oro): oreja y oreja. 

Miguel Ángel Perera (turquesa y oro): ovación y oreja. 

Andrés Roca Rey (verde hoja seca y oro): silencio y silencio. 

Saludó Javier Ambel tras banderillear al quinto.

 

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