Domingo 26 de Febrero | 20:08 hs

MARCO A. HIERRO
LA CRÓNICA DE PLATA

Torería y serenidad para unirse al espectáculo

La serenidad de Soler, la frescura de Ambel, la veteranía de Mingo y el asiento de Miguel Ángel Sánchez destacan en el mano a mano

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Torería y serenidad para unirse al espectáculo

MARCO A. HIERO / FOTOGALERÍA: JAVIER COMOS 

Cuando uno se viste de luces un día como hoy no debe guardarse la media tinta en la media rosa que pisará el albero. Mano a mano con el cuchillo entre los dientes, con la supremacía en los carteles sobrevolando el patio de cuadrillas, pululando entre las conteras de los burladeros, amarrándose a las tripas en cada quite de poder. Cuando uno hace estos paseíllos debe saber que también se juega la vida, debe unirse al espectáculo por el que ha pagado el que llena los tendidos, pero también debe conocer la forma de poner serenidad a la lidia.

No perdió nunca la torería Javier Ambel, que hoy completaba la cuadrilla de El Juli echando la manta abajo para embarcar al primero, corriendo para atrás sin perder la tersura en la tela y para adelante con decisión en el quinto, sintiéndose torero y parte del espectáculo para clavarle dos pares soberbios al castaño toro. Sabe el extremeño mimetizarse con la tarde, como sabe José María Soler hacer lo propio con el matador para adelantarse a sus demandas. El gaditano nunca da un ruido, nunca provoca una estridencia, nunca pierde los papeles; pero sólo ha ido con dos matadores en régimen de colocación y esos son José Tomás y El Juli. Algo tendrá el agua cuando la bendicen...

Cuarto y mitad de lo mismo le ocurre a Vicente Osuna con López Simón; se conocen, se miran, se entienden. Sabe el catalán poner su vida y su conocimiento al servicio del madrileño, aunque no salga su nombre a relucir en el tendido. Sí sale el de Domingo Siro, que es menudo de talla, pero largo, muy largo en veteranía y en saber. Hace falta un capote presto para ir con un torero que tiene el foco de la fiesta justo sobre la nuca, y lo tienen los dos lidiadores que acompañan a Alberto, pero también el que completó la cuadrilla hoy. Porque supo Miguel Ángel Sánchez, vestido de lila y plata, darle suavidad plena y percal justo al amplio sexto que nunca se quiso entregar.

A caballo fue la tarde de guardar los fondos. No fue día de brillar ni de torear a caballo, porque no salió ni un toro para lucir cualidad. Fue, eso sí, el día de la serenidad para ahormar los genios, para cuidar topetazos y para medir castigos, como hizo Tito Sandoval con el segundo, porque sabe el salmantino relegar su lugar cuando no es el día de protagonizar aplausos. Lo supo Salva Núñez para picar al tercero, lo entendió Angelito Rivas para medir al cuarto y dejarlo en el momento de exprimirle cuarenta arrancadas. Pero también fue tarde de asomarse con valor para depositar el palo, y eso lo hizo en el sexto un Alberto Sandoval tan joven como valeroso que supo agarrarse arriba cuando le vino al relance la masa negra del toro sin rectificar posición ni agujero.

Fue tarde para sentirse porque se sentaban las bases del toreo del presente. Fue tarde para saber que nada puede fallar en este momento del toro, en estos gestos de la fiesta, en estas vetas en flor que buscan cimentar futuro macerando este presente.

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