Martes 19 de Septiembre | 14:34 hs

JAVIER FERNÁNDEZ-CABALLERO
LA CRÓNICA DE VALENCIA

El cementerio de los libres

Impacta Roca Rey, que corta tres orejones ante un serio Talavante en tarde de hacer afición con una plaza casi llena que volverá a ver a los dos toreros; desigual encierro de Victoriano del Río

JAVIER FERNÁNDEZ-CABALLERO

En el cementerio de los libres se habla en cristiano, se respira en latín y se sueña llorando. Como los buenos entierros. En el cementerio de los libres, en el que Talavante y Roca Rey yacen, o se es muerto viviente o se es vivo muriente, si no, no se está y punto. Y en el cementerio de los libres, del que hoy Valencia fue tan sólo barato reflejo, se vive para morir y se muere para vivir. Así es y así se hace desde y para la eternidad en un cementerio de los libres donde, sólo a veces como hoy, la vida nos da pistas de su existencia.

Hay que estar muy muerto para, en vida, enganchar los cambiados que Andrés le recetó al cuarto, al que la arrucina le puso la madera, el desprecio el mármol, la trincherilla extendió el yeso y el de pecho enterró las flores. Ya estaba el cementerio de los libres compuesto cuando por derechazos relajados entrelazó versos de vida a ese toro, al que tentó pasándoselo por la espalda de los dólares con una plaza de mortales aplaudiendo a un inmortal que había enterrado vivo su pasado. Y en el cementerio de los libres también entregó su inerte corazón mientras, desde el olivo, sonaba Gerena repicando cual paso semanasantero dentro de siete días. Y ese final tocando el ataúd, diciendo que lo desenterraran porque estaba vivo. Y fue libre Andrés tras las bernadinas con el estoconazo recibiendo. Dos orejas.

Antes, entre el caos funerario del inicio de la tarde, irrumpió la libre tranquilidad de un Andrés que, despacioso, fue a desenterrar a quien había osado despertar a la furia segunda, que sólo fue clara con el también claro capote de Iván García. Y se lo encontró por estatuarios ante la gélida y mansa bestia, poniendo la plaza en pie con sólo cinco muletazos. Intentó sumir al animal en el sueño de los valientes e intentó proponerle libertad pero eligió la cautividad de las tablas. Le ofrecía seguridad en redondo y elegía la incertidumbre del olvido. Le proponía ser bravo y elegía la mansedumbre de los cobardes. A ese lo mató recibiendo como se canta, se ríe y se llora: recibiendo del otro la proposición de libertad que Roca Rey enterró en el cementerio con aquel segundo.

En ese mismo cementerio de los libres se responde al quite en el cierraplaza porque, aunque se esté muerto, la libertad tiene el precio del orgullo. Y ese precio sólo se consigue matando como matan los toreros: toreando su propia vida y riéndose el último y mejor del compañero. Como se reía Roca Rey de la cara de Talavante al entrar por tafalleras al sexto. En el cementerio yació sin resucitar ese manso cierraplaza, del que se llevó un despojo sólo por salvarle los muebles a un muerto sin alma que fue el de Victoriano.

En el cementerio de los libres también se lleva la maldición: y esa fue la de un Talavante que vio cómo el primero abrasó el glúteo un cuarto de metro al compañero y lo vio asarse entre las astas del castaño, pero eligió la libertad de irse con el cartucho de pescao hasta los medios y cuajarlo por la zurda en la primera tanda. Y es que en el cementerio de los libres se torea al natural porque más allá de la muerte la verdad sigue mandando. Allí, en el cementerio de los libres, un pase de las flores siempre preludia al llanto por derechazos y precede al enterramiento por naturales. En ese lugar la vida es un suspiro de diez minutos regalando poemas con la zurda, como Talavante con el bronco primero, donde explicó que en el cementerio de los libres se torea a pies juntos porque la muerte no tiene otro sentido si el compás de la vida está abierto a cualquier otra posibilidad. Y allí, donde los libres yacen, o se está muerto y punto o se es torero. Pero siempre se es libre.

Sin alma de salida fue el infierno del tercero, pero, por supuesto, en el cementerio de los libres se brinda el amor aún vivo, en los medios, y sin mediar palabra se va en busca de la muerte misma por estatuarios. En el cementerio de los libres los gañafones de ese toro son caricias al son del natural, que es única morfina para aliviarlos. Esa, y el temple de la siguiente tanda con el Nerva de Chiva ya sonando. Pero ¡ojo!, que en el cementerio de los libres también se juega a al ouija, y se cita al tentador diablo, y se tiene la cordura de saber cuándo pasarse a éste por la espalda para hacer de sus maldades, libertades. Pero, en ese mismo instante, se pasó del límite Alejandro para dar dos pinchazos que no consiguieron el fin.

Además en el cementerio de los libres, donde se encontró Talavante con el ciervo quinto,se le da la vuelta al epitafio del maestro Robles y se reza el toreo de rodillas. Y se está mucho rato aunque no toquen a misa. Y se levanta el escuchante cuando termina la oración para bajar la mano, pincharse el mentón en la patata y crujirse el alma por derechazos. En el cementerio de los libres, aunque no se cante, se baila con la muerte para ser canto de vida al natural de aquel quinto. En el cementerio de los libres el silencio sólo se hace cuando el Tercio de Quites es la mejor melodía para el último trance, y éste sólo cesa cuando lo marca el muerto viviente que hoy se llevaba por nombre Alejandro. También en el cementerio de los libres se muere por manoletinas, se prospecta con el pase del desprecio y la trincherilla es excavación arqueológica que sumerge el espadazo hasta la bola. Y lo resucita la oreja de la gloria. La oreja de la libertad de Talavante.

En el cementerio de los libres o se está muerto o no se está. Los vivos no caben en un recinto donde sólo laten los toreros, y éstos afirman que viven muriendo y mueren viviendo cada vez que hacen el paseíllo. Que se lo pregunten a Roca Rey…

FICHA DEL FESTEJO

Plaza de toros de Valencia. Séptima de la Feria de Fallas. Corrida de toros. Más de tres cuartos de entrada.

Toros de Victoriano del Río (segundo, tercero) y Toros de Cortés (primero, cuarto y quinto), bien presentados. Bravucón pero con fondo el castaño primero; manso pero emotivo el negro segundo; humillado y obediente el castaño y serio cuarto; exigente pero con cierta clase el amplio quinto; manso y rajado con cierta bondad humillada el sexto.

Alejandro Talavante (marino y oro): ovación, silencio tras aviso y oreja.

Andrés Roca Rey (verde hoja y oro): ovación, dos orejas y oreja.

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