Sábado 21 de Octubre | 00:09 hs

EN EL SITIO

El Museo Taurino de Córdoba

El Museo Taurino de Córdoba

Durante la Navidad he tratado de ponerme al día en varias cuestiones que tenía abandonadas. En los últimos tiempos se ha hecho fuerte en mi una manía procrastinadora con la que no avanzo en nada: pienso que todo se hará de forma fortuita en los próximos minutos, horas o días sin la acción del agente principal, es decir, sin mi. Desechada la idea de batir el récord mundial en esta especialidad –la pereza está infravalorada- me dirigí con paso firme al nuevo Museo Taurino de Córdoba para averiguar si era verdad la leyenda funesta que recae sobre él desde su reapertura el 30 de marzo de 2014 tras más de nueve años de reformas.

En el interior de la histórica Casa de las Bulas, lugar donde éste se encuentra, se desarrolla una sucesión de simplezas destinada al público guiri con el objetivo de hacerle asimilar fácilmente lo complicado de la tauromaquia. Sorprende la frialdad del escenario, como si la definitiva importancia de la historia taurina de la ciudad se pudiera encorsetar en un modelo prefabricado. Eso, unido al hilo musical en el que se alternan pasodobles con piezas de Rocío Jurado o Vicente Amigo, hacen del lugar la trampa perfecta para el aficionado y el hábitat natural del visitante foráneo. Nos han echado en aras de la promoción internacional, que debe ser el comienzo del pregonado activismo taurino.

Aun así, lo más sangrante de esta sedicente colección es la falta en ella de las piezas de colección. Desde 1983, cuando tomó forma definitiva de Museo Taurino lo que antes era el Museo de la Artesanía y las Artes cordobesas, una gran parte del legado de los cinco califas se concentraba en él. Ahora, no se sabe porqué, no. Despachadas esquemáticamente nuestras máximas figuras, entendida la primera persona del plural de un modo universal, queda claro que su elaboración no ha contado con nadie que supiera de lo que hablaba. Incluso se puede llegar a pensar mal sobre el destino de los recuerdos que antes atiborran el lugar, eso sí, reconstruido con acierto. Ridículo es también el protagonismo de los toreros cordobeses más importantes en los últimos tiempos, salvo dos o tres fotogramas en los vídeos de presentación y explicación de la lidia copados por unos omnipresentes Padilla y Fandi, que como todo el mundo sabe, son paradigma de la tauromaquia local.

No puede tampoco uno quedar ajeno a la presencia de los caprichos tecnológicos más punteros como pantallas táctiles, botones que encienden proyectores, salas de proyección con forma de plaza de toros o la representación de una dehesa con el graznido constante (y a gran volumen) del pájaro típico de dehesa. Es en esta última parte donde se comete el mayor tropiezo: después de traducirlo todo al inglés (incluidas las firmas de las fotos) se deja en un claro español la sección más importante y lo que da sentido, prácticamente, a la defensa actual del toreo. No por ello quiero decir que este espacio deba estar orientado a un uso defensivo, pero resulta curioso que después de afanarse en poner en su sitio todos los by a nadie se le haya ocurrido que el tesoro del valor ecológico pueda interesar a algún ciudadano extranjero.

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