Lunes 29 de Mayo | 19:51 hs

EN EL SITIO

Las autopistas de poder

Las autopistas de poder

En la mañana de resaca posterior a la concentración taurina en apoyo de los novilleros y de la afición de Bogotá, se reunieron en Las Ventas para desayunar, en una sala muy chic donde incluso se podía fumar, empresarios y periodistas. Faltaban algunos, quizá los más poderosos, en ambos lados de una mesa llena de bollitos creada como puente para acercar posturas.

Agobiados por los últimos años de declive en el número de festejos, los empresarios se presentaron asumiendo culpas y con la retórica bien cargada: fueron a hablar de cifras sin ellas. Circunvalando la crisis del sector con varias interpretaciones no hubo manera de que nadie dijera lo que había palmado cada uno durante la temporada 2014, que pensábamos que era a lo que venían. Así las cosas, costó un mundo reconocer algún porcentaje. Sólo uno: el que se lleva la administración de la taquilla por tarde para añadir causas al victimismo. Más del 50%, dijeron.

En un momento de la mañana, mientras Ramón Valencia fijaba la mirada en el techo, Manuel Martínez Erice trasteaba su smartphone y Óscar Chopera garabateaba, Simón Casas daba un discurso pasional sobre su afición y ruina. Fue en ese momento cuando dio en el clavo de la quiebra. Enumeró algunas plazas en las que él había sido único empresario en presentarse al concurso como ejemplo de lo mal que está todo. "¡No se presenta nadie! ¡Sólo yo!", gritó. "Así de mal está esto, ¿o es que creéis que mis compañeros me van a dejar libres todas las autopistas de poder?". Se miraron un poco todos como pensando que el poeta, como en Pagés se habla de Casas, iba de repente a desenmascararlos. Si esto es una carrera por el poder, ¿qué importa el futuro?

Algunos periodistas pidieron transparencia y números y le cambió la cara al cuñado. Trasparencia y números a estas alturas, já. Como si estuviéramos medio locos. A la pregunta sobre si había alguna hoja de ruta a seguir o algo tangible para salvar el abismo se limitó a sonreír y repetir, como un mantra que todo lo soluciona, "hay que reunirse, hay que reunirse". Una nueva oportunidad perdida.

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